El cuadro (Técnica mixta. 130 x 100 cm. 2025) está inspirado en la visión arbórea de Quetzalcoatl (el Kukulcán de los mayas), la gran deidad de la cultura mesoamericana, cuyos orígenes pueden encontrarse ya en la cultura olmeca. Este dios, creador del universo, es quizás el más ubicuo de todas las deidades del antiguo México.
En mi juventud, al observar uno de los dibujos de esta serpiente emplumada en una pared de la orilla oeste de la laguna de Asososca, muy cerca del agua, pude comprender la fuerza y expansión de los símbolos cosmogónicos de esta cultura que, viniendo del norte, contribuyó a prefigurar nuestra identidad nacional. Aunque desleída por el tiempo y el efecto de los elementos, Quetzalcoatl era entonces claramente distinguible. Quizás sea uno de los testimonios más meridionales de la expansión cultural mesoamericana, por lo demás, lleno de gran simbolismo.
En la obra que presento quise destacar la influencia del carácter plural de la cultura que nos antecedió, con una cosmogonía donde lo espiritual se fundamenta en el mundo material en el que aire, tierra, vida y poder son indisolubles.
El cuerpo de la serpiente es el verbo, sus plumas el espíritu y el árbol donde suele habitar, el sustrato vital. Los tres elementos son interdependientes y por tanto en la obra no pueden existir aislados.
George Jenkins Molieri

